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¿Qué pasó el viernes en la vieja estación del ferrocarril?

¿Qué pasó el viernes en la vieja estación del ferrocarril?

Es viernes a la noche y algo raro pasa en la vieja estación del ferrocarril. Dentro de la sala “Aviadores Hermanos Delaygue” hay un movimiento inusual; afuera va cayendo gente, pero no hay baile. Hay otra cosa. Un puñado de personas espera una indicación para entrar. Hasta la puerta de la sala llegan fragmentos de

Es viernes a la noche y algo raro pasa en la vieja estación del ferrocarril. Dentro de la sala “Aviadores Hermanos Delaygue” hay un movimiento inusual; afuera va cayendo gente, pero no hay baile. Hay otra cosa. Un puñado de personas espera una indicación para entrar. Hasta la puerta de la sala llegan fragmentos de conversaciones: “¿lloverá?”, “está feo”, “en una de esas la tormenta pasa de largo”, “qué calor hizo hoy…”. Detrás de todo eso que se dice, podríamos adivinar otras preguntas: “¿qué pasará ahí adentro?”, “¿por qué tenemos que esperar?”, “¿qué dijeron que era esto?”, “¿habré hecho bien en venir..?”.

Por fin, la indicación llega y la gente entra, cautelosa. Se acomoda en las sillas dispuestas asimétricamente. En el piso hay almohadones ubicados en hilera, única frontera que separa al público del escenario. Detrás de esos almohadones, solo un espacio vacío y algunas telas de colores. Algo va a pasar.

Por una puerta aparece José, saluda y se acomoda a un costado. Se dirige al público, le da la bienvenida, y anuncia el ingreso de actores y actrices. Se abre otra puerta más y por ella emergen, en fila, vestidos de negro y descalzos. Se presentan.

José retoma la palabra: explica que esto que va a pasar es una función de teatro espontáneo. Que este tipo de funciones no se parece demasiado a las obras de teatro convencional: no hay ensayo, no hay guion; todo lo que pase en el escenario ocurrirá por única vez y nunca se va a repetir. Que en estas funciones, además, no hay “cuarta pared”, ese telón invisible que separa a los personajes de los espectadores. El público no solo participa, sino que es un componente fundamental de cada obra.

Para demostrarlo, actores y actrices “salen” del escenario a saludar y abrazar al público. José propone un juego. Hay risas, gestos de incredulidad. Pero el juego funciona, es divertido. Algo cambia; hay otro clima, más distendido.

Cuando todo el mundo vuelve a ocupar su lugar, aparece la pregunta: “¿alguien tiene, en este momento, alguna sensación que quiera compartir con el resto?”. Silencio. Vuelve a escucharse alguna risa por lo bajo, alguien se acomoda en su silla, otro baja la mirada. Silencio. Los segundos corren. Los actores esperan, respetuosamente, desde el escenario. Silencio. Cuando parece que nada va a ocurrir, alguien habla. Un chico de no más de 11 o 12 años dice que le divierte estar ahí. ¿Por qué? Porque lo que va a pasar es algo “fuera de lo normal”. “¿Pero divertido cómo?”, pregunta José. “Como cuando tengo ganas de reírme”, contesta el pibe. “¿Y por qué no te reís?”. “Me estoy riendo por dentro”.

Con esto empieza la verdadera función: en los gestos y movimientos de actores y actrices se puede ver, leer o percibir, qué pasa cuando alguien es capaz de “reírse por dentro”. Eso que José llama “síntesis poética”.

A partir de ahí, sensaciones e historias se van sucediendo: “yo tengo miedo de que me obliguen a hablar” dice uno; “yo estoy feliz de ver que mi hija está haciendo algo que siempre le gustó”, comenta una madre emocionada. Alguien cuenta las peripecias que debió atravesar en una dependencia del Estado para hacer un trámite; otra recuerda un episodio de su juventud; alguien más relata una cena de trabajo en la que un empresario intentó seducirla. Cada anécdota del público cobra vida en el escenario y se transforma, se resignifica. Vemos pasar, uno tras otro, a personajes enredados en un laberinto de trámites burocráticos, empleados públicos con muy poca empatía, choferes que manejan autos imaginarios, empresarios dispuestos a conseguir lo que quieren.

Según el diccionario, “espontanear” es “decirle una persona a otra con sinceridad sus ideas o sentimientos, o contarle algún secreto propio; confesar”. En el ámbito del teatro espontáneo, esta palabra se usa en otro sentido: se habla de “espontanear” cada vez que se actúa o hay una función. Pero ambos significados podrían ser, en realidad, uno solo: hacer teatro espontáneo tiene que ver, en definitiva, con la posibilidad de abrirse a otras personas, compartir sentimientos, contar historias y recrearlas. Se trata de jugar a ser eso que alguna vez fuimos: seres dispuestos a juntarse —una y otra vez— alrededor del fuego. Para contarse —una y otra vez— la vida y el mundo.

* El viernes 29 de noviembre, las compañías de teatro espontáneo Abriendo Caminos de San Jerónimo Sud y Acrisolados de Roldán realizaron una función de cierre en la estación del ferrocarril de San Jerónimo, bajo la dirección de José Scharr.

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4 Comentarios

  • Cris
    3 diciembre, 2019, 12:54 pm

    Para mí esta nota ha sido contada desde el corazón
    Gracias Julieta!
    Ojala sigas acompañándonos!

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  • José Scharr
    3 diciembre, 2019, 2:29 pm

    Hermosa nota, teñida de sensibilad a flor de piel, descripción impecable de un hecho irrepetible, como cada cosa que hacemos. Gracias por compartir sentires y miradas tan valoradas, por como nos interpelan y nos permiten crecer.

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  • Claudio
    3 diciembre, 2019, 8:14 pm

    Muy buena nota: fiel reflejo de lo que vivimos el viernes… ese viernes en que yo estaba aterrado en que me llamaran a contar algo o participar, y luego… todo cambió y creo que hasta me hubiera animado a contar una historia!
    Gracias!

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  • Alicia
    4 diciembre, 2019, 2:51 pm

    No he estado en el sitio que se comenta,pero creo que es muy creativo compartir experiencias como intercambiar anecdotas vividas venciendo la timidez. ALICIA mapaci

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